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El ganado que se comercializa consume aguas servidas del sector
En Puchukollo se enferman por la falta de agua y el mal olor
salud Los niños de la zona padecen de
diarreas constantes. La gente ya se acostumbró a dolores persistentes de
cabeza y barriga. El ganado es otra preocupación.
Margarita Palacios/ La Paz - 10/08/2013
Una de las familias que viven en Puchukollo, rodeada de basura y hedor.
Carolina, de cuatro años, juega con botellas de
plástico en un riachuelo de aguas servidas e imagina que son barcos.
Luego se mete las manos a la boca. El viento sopla, el hedor se
incrementa y ella cierra los ojos con lagañas para evitar que la
tierra, las bolsas plásticas y otra basura la lastimen.
“Hace
dos semanas, mi Caro tenía diarrea durante cuatro días, y en enero le
duró hasta una semana”, comenta preocupada la madre de la niña, Olga
Cornejo.
Olga y su hija son algunos de los vecinos que viven en
inmediaciones de la planta de aguas residuales de Puchukollo, ubicada en
el distrito 2 de Laja , a 32 kilómetros de El Alto, y que están
rodeados de basura, hedor y sufren por falta de agua para su ganado.
La gente comenta que los problemas estomacales son frecuentes y que el hedor los marea.
Estas
aguas servidas de El Alto llegan por una tubería que pasan por
Puchukollo Norte, atraviesan Puchukollo Bajo y llegan a la parte sur de
la zona, donde está la planta de la Empresa Pública Social de Agua y
Saneamiento (EPSAS).
En época de lluvia ese líquido contaminado
rebalsa por orificios de la parte superior del conducto. Los huecos
fueron hechos por los vecinos para conseguir que sus animales puedan
beber.
Para conocer la versión de EPSAS, una periodista de Página
Siete intentó, sin éxito, entrevistarse personalmente con algún
funcionario, también llamó por teléfono e envió un cuestionario que se
le solicitó para este fin.
Según Lucio Quispe, vicepresidente de
la urbanización San Marcos de Puchukollo Bajo, las casas más antiguas
tienen agua potable de baja presión. Los vecinos nuevos la sacan de
pozos.
“Esa agua de la planta hace doler la garganta como si fuera gas lacrimógeno y luego se hincha el estómago”, revela Quispe.
Además,
el hedor indispone a las personas. “El olor es más fuerte cuando hay
ventarrón. En la noche no hay forma de dormir y a mediodía no se puede
comer porque me da náuseas”, dice Fernando Yucra, otro vecino.
Ante eso, la gente se da modos. Por ejemplo, Rosa Ticona pijchea coca y toma mates de manzanilla.
La
situación empeora por los hoyos que tienen las cañerías. Comunarios
admiten que además de hacerlos cavaron canales en dirección a cada una
de las casas para que sus animales puedan beber.
Vacas, cerdos,
ovejas, gallinas, patos y perros toman agua contaminada al lado de aves
carroñeras que proliferan por el lugar.
Los animales están
flacos, sucios y muchos de ellos, enfermos. Tiemblan, tienen sarnas y se
les cae el pelaje. Hay algunos cerdos con ojos ensangrentados.
Según
la vecina María Choque, desde enero fallecieron tres ovejas y el año
pasado perdió a cuatro terneros. Esta carne y la leche de vaca son
vendidas en bajos precios a los comerciantes para ser consumidas
posteriormente.
“Esta planta ha sido una maldición, antes
teníamos lagos con pescados, todo era verde y los niños jugaban libres
con las ovejas, mire en lo que se ha convertido”, traduce del aymara
Mary Luz lo que cuenta su abuela Bárbara Ticona, de 85 años.